
Luz y sombra, el bien y el mal, felicidad y tristeza, amor y odio. Todo pasa a través de una pantalla de cine.
Más de cien años han transcurrido desde la invención del séptimo arte, y todavía nos parecen lejanos los días en que éste comience a marchitarse y extinguirse de este mundo.
A mediados del siglo XIX, los inventores intuían ya la posibilidad de que la fotografía cobrara vida y movimiento, experimentos que concluirían en la cámara-proyector inventada por los hermanos Auguste y Louis Lumière (curioso que el apellido mismo viniera a significar «Luz», elemento primordial del cine). Así ocurrió la famosa primera función cinematográfica que se ofrecía al publico, el 28 de diciembre de 1895 en París.
Todo comenzó con un acto de magia...

Georges Méliès (1861-1938), el visionario al que le debemos practicamente todo el universo cinematográfico; era un mago, director de teatro, dibujante y periodista, que había adquirido su propio teatro poco después de abandonar el negocio familiar del calzado. Tuvo la oportunidad y la fortuna de estar presente en las primeras demostraciones que los Lumiére hacían del nuevo invento, y no tardo en darse cuenta de que acababa de dar con algo grande. La cámara estaba aguardándolo, virgen, dispuesta; esperando a que un hombre de genio como él explotara toda sus posibilidades. Los inventores ensamblaron la maquina y Méliès lo convirtió en toda una forma de arte. La posibilidad de hacer el acto de magia mas grande del mundo lo sedujo; de representar la vida de una manera que el teatro apenas había soñado.
Cuentos de hadas, ciencia ficción, comedia, actos de ilusionismo: todo pasaba a través de su lente y su ojo interno.
Creador de los efectos especiales, de los filmes coloreados a mano y del primer estudio cinematográfico en Europa. Director, actor, escenógrafo y escritor, Méliès era «El Hombre Orquesta», como dice el titulo de uno de sus cortometrajes. Sus filmes fueron un éxito con el publico alrededor del globo. Surgieron muchos imitadores, algunos geniales (Edwin S. Porter, Segundo de Chomón); otros, no pasaban de ser businessmen sin talento.
La famosa imagen de la bala-nave chocando contra el rostro de la luna, escena de su film Le Voyage dans la lune (1902), se ha convertido en un símbolo del arte cinematográfico.
Pasaría el tiempo, la maquina y la industria cinematográfica comenzaría a crecer rápidamente, y en la década de los 20s Georges Méliès terminaría arruinado. Años antes, en 1895, cuando Mèlíes trataba de hacerse con una de las primeras cámaras, Antoine Lumière, el padre de los inventores, le había profetizado a medias: «El cinematógrafo es una curiosidad científica sin ningún porvenir comercial. El invento no esta en venta. Y agradézcamelo porque para usted hubiera sido la ruina». Se había equivocado en lo primero; desafortunadamente había acertado en lo segundo.
Los grandes estudios comenzaron a abrir sus puertas, y con ellos, las superproducciones de proporciones colosales, contra las cuales el pequeño mago poco podía competir o disputarse el favor del publico. Atrás parecían haber quedado los actos del cinemago. No más desapariciones-apariciones, no más personajes fantásticos, no más príncipes, gigantes, brujas, demonios, guerreros, alquimistas, fantasmas o seres de otros planetas. Méliès había tenido que sufrir lo mismo por lo que han pasado muchos de los grandes talentos y visionarios de la historia: el olvido, la terrible indiferencia ante el genio.
Un poco de suerte le aguardaba aun: en 1928, un periodista casualmente lo descubre en la estación de Montparnasse, vendiendo juguetes (que él mismo fabricaba) en un pequeño puesto. A partir de entonces comenzarían los homenajes al viejo maestro, quien a pesar de tantos reconocimientos, seguiría acudiendo a trabajar cada día en su humilde tienda.
El 21 de enero de 1938 el padre del cine muere. Solo asisten 12 personas a su entierro. Entre ellos, se encontraba el realizador francés, Rene Clair, quien alguna vez diría acerca de él:
«Méliès es el inventor del espectáculo, ruta hacia el reino de las hadas, entre las tiernas estrellas y los soles sonrientes».
Entre su filmografia se cuentan más de 500 cortometrajes, entre los que han sobrevivido poco más de 170, los cuales han sido lanzados en su totalidad recientemente en DVD.
El Viaje a la Luna (1902)
Las Cartas Vivientes (1904)
L'Alchimiste Parafaragamus (1906)
El cine es un acto de amor (suena bien la frase).
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