
Existe una fotografía de Man Ray, en la cual se muestra a un Jean Cocteau lleno de brazos, como un dios hindú. Un Cocteau industrioso que sostiene un cigarro, unas tijeras, una pluma y un libro. No existe mejor retrato, escrito o fotografiado, que describa el temperamento de curioso insaciable del poeta.
Cocteau escribió desde joven, nació para ello, nació con ello. Con apenas 18 años, sus versos ya comenzaban a sonar en los importantes círculos literarios de la primera mitad del siglo XX. Época de revoluciones artísticas, de escupitajos a la tradición y al orden reinante. Duchamp, Picasso, Stravinsky, Miró, Dali, Buñuel, Joyce y otros fueron los cultivadores del llamado Avant-garde, y de toda su gran plaga de ismos (Surrealismo, Dadaísmo, Cubismo, Futurismo, Expresionismo). Nuestro poeta circularía por varios de estos movimientos sin llegar a adherirse a ninguno, su espíritu voluble e independiente no se lo hubiera permitido (ni tampoco los surrealistas le tenían mucho aprecio.)
Novelista, dramaturgo, periodista, autor de libretos para operas y ballets, dibujante, pintor, y cineasta. Cocteau era, como lo describía Man Ray, el poeta de los mil brazos. En 1945, escribiría en su diario: "Comienzo a tener la barba blanca. ¿Y qué? No es cosa grave. Lo grave seria tener el alma en la misma forma. Gracias a Dios, tengo la sangre roja. La gastare hasta la última gota. No ahorrare nada de ella". Y no lo hizo.
Sus obras literarias, como la compacta novela Los Niños Terribles (reverenciada por Julio Cortázar, quien la consideraba una obra maestra) u Opio: Diario de una desintoxicación (creado décadas antes de que William Burroughs, el junky con voz de autómata, describiera de manera similar fenómeno de la droga en su propia obra), son algunas de las mejores muestras de su prosa poética, rápida y llena de imágenes que abordan la intimidad de sus personajes, seres excepcionales casi siempre.
Su relación con la música le llevaría a ser el ideólogo y el libretista favorito del grupo conocido como “Les Six”, entre los que se encontraban los compositores Darius Milhaud, Arthur Honegger, Francis Poulenc y Georges Auric (quien haría las bandas sonoras de todos sus filmes). Para Stravinsky, escribiría el libreto para la opera-oratorio Oedipus Rex. Al lado del músico Erik Satie (el excentrico gimnopedista) y de Pablo Picasso, montaría Parade, un ballet que durante sus primeras presentaciones provocaría un escándalo que terminaría con el encarcelamiento breve de Satie.
Los dibujos de Cocteau serian admirados por el mismo Picasso, con el cual mantendría una amistad de toda la vida. El pintor haría una breve aparición en el filme El Testamento de Orfeo.
El compositor norteamericano, Philip Glass, basaría en las obras de Cocteau varios de sus propios trabajos, de entre los cuales podemos destacar su re-musicalización para el filme La Bella y la Bestia, versión incluida en el dvd editado por The Criterion Collection.

Cocteau Cineasta
La Trilogía Órfica
Cocteau transforma el mito griego de Orfeo (el cual cuenta el descenso del poeta al inframundo, en busca de su fallecida esposa Eurídice) adaptándolo a su propio universo, elaborando una trilogía que vendría a abrir (con La Sangre de un Poeta, en 1930) y a cerrar (con El Testamento de Orfeo, en 1960) su filmografía. En 1952 filmaría Orfeo, con su inseparable Jean Marais (amigo, amante, inspirador y ángel de la guarda del escritor) en el protagónico.
La trilogía órfica esta llena de elementos fantásticos, meditaciones acerca de la poesía y la muerte (un tema que le obsesionaría a Cocteau siempre, debido en gran parte a la prematura muerte de muchos de sus colegas y amigos). Una fotografía o una rosa se reconstruyen en medio de las llamas en lugar de destruirse; las paredes y los techos cuentan con su propia fuerza de gravedad en la que los personajes se deslizan; los espejos son pasajes hacia otras dimensiones. Cocteau mismo protagonizaría El Testamento de Orfeo, filme que ayudaría a financiar el entonces realizador novel, Francois Truffaut, amigo y admirador del escritor-cineasta.
Los Padres Terribles (1948)
Adaptada al pie de la letra a partir de su obra de teatro. El filme mantiene su atmósfera y estructura teatral. Es tal vez el relato más realista que haya rodado Cocteau, enfocándose más en los rostros de sus actores y en la complicidad de la cámara con el estado de ánimo de sus personajes. Cocteau lo consideraba su mejor filme, desde el punto de vista técnico.
La Bella y la Bestia (1946)
Un cuento de hadas. Un clásico del cine francés y uno de los filmes con las iluminaciones más bellas.
El bosque tenebroso y tempestuoso; el castillo encantado de la Bestia, con sus estatuas vivientes, las puertas que hablan, los candelabros humanos, sus guantes y espejos teletransportadores. Cada motivo visual, sus decorados y vestuarios fantásticos la hacen una película que es al mismo tiempo un verdadero acto de magia en acción.
Los Niños Terribles (1950)
Jean-Pierre Melville seria el realizador de este filme (adaptación de la novela antes citada), en el que colaboro estrechamente con Cocteau en el guión, quien también proveería la narración.
La peculiar relación de amor-odio entre los huérfanos Paul y Elisabeth. Dargelos lanzando la bola de nieve mortal a Paul, dejándolo postrado en cama durante meses. El cuarteto amoroso imposible Paul-Agathe, Elisabeth-Gerard. «La habitación», ese teatro mágico en donde los adolescentes guardan su preciado tesoro de cachivaches inútiles. «El juego». Todos los elementos de la novela están presentes en el filme, el cual fue señalado por Truffaut, «como el mejor trabajo de Melville».






